En Urfa, a 20 de Agosto de 2.008
Tras nuestra parada en Efeso continuamos camino hasta Pamukkale, un pequeño pueblo cercano a Denizli que no hubiera tenido el mas mínimo interés de no ser por las piscinas y las estalactitas de travertino que visten de un blanco inmaculado el risco que se eleva sobre la ciudad.
El Castillo de Algodón se formó por el agua mineral calida propia de la zona que, al caer en cascadas, se enfriaba e iba depositando el calcio que contenía. Dicen las gentes del lugar que el agua de Pamukkale no solo es buena para los huesos sino también para los músculos y los tendones, maravillas que ya fueron reconocidas por los romanos quienes construyeron sobre estas balsas la gran ciudad-balneario de Hierapolis.
Para llegar a la cima hay que descalzarse y caminar sobre la rugosa porosidad de la superficie cálcica. A lo largo de la subida fui sintiendo bajo mis pies las caricias del agua que se deslizaba pausadamente desde arriba, cayendo de balsa en balsa hasta acabar formando un gigante castillo de copas de cristal. Cada rayo de luz se multiplicaba en pequeños destellos que aparecían y desaparecían a lo largo del espejismo mientras las sombras de nuestros cuerpos se alejaban, deformes, sobre el gran Castillo de Algodón. Por la noche, la montaña blanca se ilumina parcialmente, alternándose la oscuridad profunda con paisajes lunares que parecen extraídos de la ciencia ficción. Pamukkale es un lugar extraño, ilusorio pero poderosamente bello y es que, a veces, lugares que parecen elegidos para un destierro acaban volviéndose inolvidables para los ojos del que los visita.
Nuestra siguiente parada fue Konya, capital por excelencia de la cultura selyucida y uno de los bastiones del conservadurismo religioso. Para nosotros supuso el primer contacto con el anonimato, la soledad y la tranquilidad. Aquí no le importábamos a nadie mas allá de nuestra vestimenta o ese aire despistado que siempre acompaña a una mochila. En Konya muy poca gente habla inglés.
La otogar se encuentra a catorce kilómetros del centro y la guía no ofrecía mucha información sobre como llegar hasta allí así que nada mas entrar en la sala principal de la estación nos dirigimos al puesto de policía para tratar de conseguir información. Dentro de la sala me encontré con cuatro policías muy risueños que no tenían ni la menor idea de ingles pero si mostraron mucho interés por el extraño libro que portaba, con mapitas de su ciudad e información varia en un idioma que les tuvo que resultar atractivo. Llamar conversación al intercambio de gestos que cruzamos seria mas que pretencioso pero ellos no tenían intención de devolverme la guía ni de dejar que yo me fuera. De repente, y viendo que la cosa no avanzaba, sacaron un vasoı de agua caliente y decidieron invitarme a un café. Y digo decidieron porque en ningún momento se vislumbró la posibilidad de rechazarlo. Cuando les dije que mi novia estaba en la puerta, invitaron a Violeta y sirvieron un segundo café. Los minutos posteriores responden al siguiente esquema: un policía jugando al solitario en el ordenador, dos riéndose mientras observaban las fotos de la Lonely Planet y un cuarto que no dejaba de observarnos mientras nosotros no pronunciábamos palabra alguna. Terminado el café, agarran sus pistolas y deciden acompañarnos hasta el tranvía que nos llevaría al centro. Poco después saliamos de la estación con un policía a cada lado mientras todo el mundo nos observaba a nuestro paso. Nos ayudaron a comprar el billete y no se fueron hasta que el tranvía comenzó a andar. Creo que debió ser lo mas gracioso que les había pasado en mucho tiempo…
La principal razón para ir a Konya, tanto para los musulmanes como para los no creyentes, es la visita del sepulcro de Mevlana, donde se encuentra la antigua morada de los derviches giróvagos. Celaleddın Rumı, conocido como Mevlana (Nuestro Guía) es uno de los grandes filósofos místicos de la historia; su poesía y sus textos religiosos se encuentran entre los mas respetados del mundo islámico y sus seguidores se cuentan por millones. Su hijo, el sultán Veled, fue el fundador de la hermandad Mevleni o logia de los derviches giróvagos. Las ordenes derviches ejercieron una considerable influencia conservadora en la vida política, social y económica del país; de hecho, muchos de los sultanes otomanos fueron sufíes Mevleni. Aunque Ataturk los prohibió en 1925, los derviches siguen siendo hoy una de las señas de identidad del país y la tumba de Mevlana uno de los lugares mas sagrados del Islam.
Tras nuestra breve estancia en Konya alcanzamos por fin la Capadoccia, uno de las paradas obligatorias de todo viaje por Turquía. Tras cambiar de autobús en Nevçehır llegamos a Göreme, centro de la región, donde conseguimos alojarnos en un lugar de ensueño, el motel Arıf. Göreme se emplaza entre altas chimeneas de hadas y majestuosos paneles de piedra, con los valles de la Rosa, la Miel y la Paloma como telón de fondo. El lugar es increíble y los paisajes únicos pero la decepción que sentí fue descomunal. Ordas de turistas aparecían por doquier, empujando, gritando, incomodando, siguiendo a su pastor como un rebaño de ovejas. Sencillamente insoportable. En cada viaje me siento más lejos de este modelo de turismo masivo e invasor capaz de destrozar los paisajes más bellos. Para mí, lo mejor de Capadoccia fue la terraza del Arif, un reducto de paz que jamás olvidaré. Desde allí divisé atardeceres maravillosos y pasé horas tranquilas de lectura y silencio. Allí pude disfrutar, aunque fuera en la distancia, del maravilloso placer de observar.
