lunes, 24 de septiembre de 2012

domingo, 2 de septiembre de 2012

martes, 28 de agosto de 2012

Donde empieza el camino



Todo final es un nuevo comienzo porque nada se detiene después de alcanzar lo que parecía imposible. Aquella nebulosa lejana que ocultaba la catedral de Santiago cuando comencé a caminar acabó por cobrar forma una mañana de domingo entre los llantos y los abrazos de mis compañeros de camino. Fue un momento mágico lleno de vida, de ilusión, de felicidad plena, algo difícil de entender para aquel que no haya caminado con ese sueño durante tantos kilómetros.  Las emociones explotaban por doquier como pompas de jabón y sólo después de un tiempo tirado sobre las piedras del Obradoiro pude empezar a respirar con normalidad. Los momentos se abalanzaban sobre mi como gotas de lluvia que poco a poco me fueron empapando de recuerdos maravillosos, de postales, de senderos,  instantes y amaneceres inolvidables.


En medio de la multitud, sobre el fondo de esa gaita siempre presente, los peregrinos se abrazaban felicitándose por lo andado, a veces sin cruzar palabra alguna, y es que hay momentos en los que un pequeño gesto se basta y se sobra para expresar lo inexplicable. Con la cabeza sobre mi mochila y la mirada perdida en esas piedras centenarias fui bajando el volumen hasta que el bullicio se convirtió en un rumor casi imperceptible que acabó esfumándose como una vela recién apagada para dar paso a ese silencio interior donde las lágrimas brotan con soberana libertad. Sentí que esas lágrimas eran el último sello de una historia maravillosa pero también el primer cuño del camino que acababa de empezar, ese en el que ya no me acompañarán las flechas amarillas pero que inexorablemente terminará por llevarme hasta las puertas de mi destino. Hoy, con los ojos todavía empañados y el corazón embargado por la emoción, alzo la mirada y comienzo a dar mis primeros pasos hacia ese lejano horizonte desde el que ya me llaman el deseo y la utopía de encontrarme algún día allá donde se pone el sol.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Txoria

Le escuché esta canción a un peregrino vasco en un albergue de Castilla y me encantó... 

Hegoak ebaki banizkio
Neria izango zen
Ezzuen aldegiongo
Bainan honela
Ezzen gehiago txoria izango
Eta ni
Txoria nuen maite

Si le hubiera cortado las alas
hubiera sido mía
No habría escapado
Pero de esta manera 
nunca más habría sido un pájaro
Y yo
Yo quería a ese pájaro.



"Sólo a través de la vivencia y la experiencia de quién eres y de quién no eres, vivenciarás y atisbarás quién quieres ser" 


Neal Donal Walsch

Sobre la lentitud

En O Cebreiro, a  20 de Agosto de 2.012


"La tortuga tiene más cosas que contar que la la liebre"


La lentitud es una de esas virtudes olvidadas con la que te reencuentras a lo largo del Camino. El empuje de la inmediatez, la prioridad a lo urgente frente a lo importante o simplemente el vivir no-consciente acaban por dar la espalda a una opción infinitamente más rica: vivir lentamente.

En Navarra me sentía extraño, desencajado, contradictorio. No conseguía entender qué me pasaba, qué lucha interna se estaba librando, pero sabía que algo grande se estaba incubando dentro de mi. Mi cuerpo y mi mente no avanzaban al mismo ritmo y mientras el primero caminaba a cuatro por hora, la segunda seguía en su particular vorágine de urgencias, en esa especie de tornado que no da tregua y va destrozando todo cuanto encuentra a su paso.

Afortunadamente el Camino tiene sus propias reglas y la lentitud es una condición innegociable. Aunque te reveles contra ella acaba por imponerse y hacerse dueña y poco a poco va calando en todos los rincones para acabar llevando el sosiego donde antes reinaba el desconcierto. La lucha de los primeros días se tornó creadora y de la tempestad empezaron a surgir espacios increibles, enormes vacíos donde me sentía desnudo y pequeño pero a la vez entero y de una sola pieza. En ese momento, ante esa soledad tan terrible, empecé a entender que de nada sirve andar por andar, que poco aportan las pisadas cuando uno no sabe a dónde va y que se aprende mejor a navegar cuando la mar está en calma y el viento no sopla con fuerza. Fue entonces, a partir de ese preciso momento, cuando todo comenzó a cambiar y de un paso a otro, de andar por andar, comencé a caminar para crecer.